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De repente

Así apareciste
de repente
sobre mi hombro revoloteando
y seguiste tu camino
entre incalculables aleteos.

Te seguí con mi mirada
hasta que desapareciste
en la abrumadora belleza.


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Un día como hoy #8

Día especial para escribirte a ti.

Mi primera compañera de juegos, travesuras y aventuras, esas que incluían cortarnos el cabello una a la otra para sacarnos un flequillo (una no muy buena idea) o hacernos una melena larga con el vestido del pijama (lo que sí se nos daba muy bien) o alargarnos las uñas con sellotape (un trabajón que duraba poco) o tirarnos por una bajada con la bicicleta sin frenos (acabando por los suelos con los dientes completos, ¡por fortuna!) o hacer desaparecer las verduras de nuestro plato sin haberlas probado (pura magia) o escribir un montón de cartas jugando a que vivíamos en lugares súper distantes cuando lo que nos separaba era una cama de la otra. Y ya vez, lo que es la vida, ahora nos separan más de ocho mil kilómetros.

Día para escribirte a ti, que compartiste tu cama conmigo después de haber visto una película de terror, sabiendo que durmiendo mis piernas y brazos poco sabían de educación (¿cuántas patadas no?).

A ti que te conozco desde que tengo memoria y hemos vivido juntas momentos de gran satisfacción y también dolor.

A ti que tienes un corazón, de esos que sólo pocos tenemos la dicha de encontrar y conservar.

A ti a quien extraño un montón abrazar y besar, sobre todo, un día como hoy.

A ti Yani.

¡Feliz Cumpleaños Hermana!

 


Cenas a tres y más…

Éramos tres en una Renault de 5 puertas en los años 80’. Después de una larga jornada de trabajo mi madre venía a recogernos al cole.

Camino a casa, si era viernes -creo recordar- y si el coche no nos había dejado varadas en algún lugar del camino -cuestión que solía ocurrir con cierta frecuencia- cenábamos fuera. Era genial, un regalo después de una semana de empeño, de ella trabajando y nosotras estudiando.

Nos deteníamos en la esquina de las empanadas fritas, todavía recuerdo el olor, qué delicia. Me encantaban las empanadas de queso que venían con un huequito en un extremo para diferenciarlas de las empanadas con otros rellenos. Las de carne molida (carne picada) también eran suculentas.

Otras veces nos íbamos al puesto de las hamburguesas de toda la vida, un lugar familiar donde había dos opciones: hamburguesas con queso o sin queso. Recuerdo que eran ricas y lo mejor, las patatas fritas que te ponían cortadas en forma de rizos con gajos de limón para que se los exprimieses encima. Un toque diferente. Además, hacían unas merengadas de ensueño (a base de helado), mi preferida la de mantecado (vainilla).

También nos gustaba ir a nuestro restaurante chino. No era nuestro, solo que estaba cerca de casa y nos consentían tanto que nos encantaba ir. A mí, que siempre he sido más pequeña de lo que suele ser la gente, me ponían una silla súper chula y cómoda a la altura de la mesa, genial para compartir con la familia. Y lo mejor, con mi bebida venía una sombrilla de bambú colorida, ¡qué alegría!

Éramos tres, después fuimos cuatro y luego cinco…siempre compartiendo la misma mesa, el pan. Por fortuna, aún, ahora.


Ella

Regreso a casa después de una mañana de trabajo.  En mi mente está la satisfacción de la mañana transcurrida y la lista de la compra para ese día. Casi estoy por llegar al supermercado más cercano a casa, cruzo el paso de cebra atontada con mis pensamientos, repasando nuevamente lo que tengo que comprar, y de repente, me encuentro con Ella.

Ella, es una señora de 83 años, no sé su nombre. No se lo pregunté. ¿Por qué? No lo sé. Ella estaba allí, un poco antes del paso de cebra, pero del otro lado de la calle, muy cerca del supermercado. Ella buscaba donde apoyarse con sus manos. A su lado había macetas de arbustos, pero eran muy bajas para Ella.

Yo que venía y Ella me encontró (la verdad es que creo que fui yo quien la encontró, a Ella). Con algunas señas me dijo que la ayudase un poco, al menos, a cruzar la calle (el paso de cebra). Sin duda le dije: -Claro ¡faltaría más!. Me di cuenta que llevaba dos bolsas de mercado y le dije: -Si quiere se las llevo. Ella me contestó sin titubear:  -Puedo llevarlas, lo único que necesito es cruzar la calle. Y cruzamos la calle lentamente, mientras me decía que teníamos que tener cuidado porque había gente gentil y otra que no lo era tanto. Yo la escuchaba con atención y disfrutaba de cruzar ese paso de cebra tan lentamente. Hubiese estado sola me hubiesen echado los coches encima. Pero allí estaba, junto a Ella, una estrella en pleno día.

Cruzamos la calle. Ella estaba exhausta, pero no se rendía. -¿Tienes prisa?, me preguntó. -No, para nada, le contesté, y agregué: -¿Vive cerca de acá? -Si, respondió Ella. -Entonces la acompaño, le dije sin titubear. En el camino, Ella decidió darme las bolsas y me preguntó si no me importaba llevarlas. Le contesté: no hay problema, ya se lo he ofrecido.

Caminamos juntas, Ella y yo, a paso lento y por un buen rato. Ella me contó cosas de su vida. Yo le conté cosas de la mía. Quizás no la vuelva a ver. Ha sido un placer encontrarla.

Gracias Ella.


Llorar con el alma

¿Te ha ocurrido llorar como si fuese la última vez que te lo pudieses permitir? ¿Esa sensación en la que no puedes controlar lo que sale de tus ojos, ni de tu nariz y ni siquiera los gemidos tenues y pausados de tu garganta porque hasta el aire te falta?.

Personalmente he experimentado esa sensación más de una vez y cuando he llegado a esa situación ha bastado un simple disparador. No ha habido un por qué preciso para ese llanto del alma, sino un cúmulo de porqués.

Y es que he llorado por mis pérdidas: porque algo ha cambiado, porque alguna situación ha llegado a su fin, porque ya no tengo aquello que tenía o creía tener, porque he tenido que dejar algo que apenas empezaba.

Lloro por los seres queridos que han partido. Lloro por mis pérdidas que quiero dejar atrás y continuar.

Bien dicen que llorar no es de débiles pues nacimos llorando para tomar aire, sacar lo que nos duele y seguir adelante.

Así que lloro, lloro con el alma y pienso en construir, en ir adelante.


Carnaval: disfraces, papelillo y mucho más…

A mi sobrino de casi siete años le encanta la alegría del Carnaval y disfrazarse de superhéroe. Su emoción es tal que nos contagia a todos en la familia y nos hace recordar hermosos y divertidos momentos vividos juntos.

Su emoción me ha hecho recordar las ansias con las cuales esperaba ese viernes antes del asueto de Carnaval cuando era tan solo una niña. Y es que ese día era muy especial en la escuela porque todos los niños íbamos disfrazados, había bailes, música, caramelos, papelillos, serpentinas y todo era más relajado, quiero decir, era un día de escuela diferente. Las maestras estaban más contentas de lo habitual, sonreían más de lo habitual, en realidad, todos lo hacíamos porque simplemente era un día de fiesta (de jugar, bromear y divertirse).

Ese viernes en la escuela se hacía también un concurso de disfraces por cada clase. Recuerdo cuánta ilusión nos hacía (a mi hermana mayor y a mí) participar. Tanto así, que cada año mis tías se esmeraban para que maquillaje, peinado y demás detalles estuvieran lo mejor posible. Los disfraces a veces nos lo compraban mamá o papá, otras veces eran adaptaciones de los disfraces de mis tías y otras veces creaciones de una amiga que estaba probando su talento como costurera.

Finalmente, llegaba el viernes de Carnaval en la escuela y el concurso de disfraces. Había un ansia por ver a los compañeros de clase y por descubrir o adivinar de qué estaban disfrazados; ansia por saber si podrías reconocerlos bajo su disfraz o máscara; curiosidad por saber si ellos podrían reconocerte.

Superman, Batman, la mujer maravilla, el zorro, mi bella genio, Drácula, la bruja, el vaquero, el hombre araña, caperucita roja, la princesa y el príncipe, la bailarina y otros, son tan solo algunos de los disfraces que recuerdo solían desfilar no solo en la escuela sino también en las calles de la ciudad, donde podías encontrarte con otros niños para tirarte sanamente papelillo, serpentinas y caramelos.

Al día siguiente solíamos irnos de la ciudad con rumbo al mar, a los pueblos de playa donde las fiestas carnestolendas las disfrutamos tanto los niños como los adultos. Y es que de dónde vengo estas fiestas se celebran con mucha agua, desde tobos, baldes y cubos de agua, pasando por globitos llenos de agua y mangueras de jardín, hasta terminar con otras sustancias como huevos y harina para hacerte una gran torta colorida en la cabeza. Así que ¿qué mejor que un lugar cercano al mar para disfrutar con alegría de esta fiesta? Al final ¿qué más da si te empapan? ¡Ya estás en traje de baño! Y del cabello ni te preocupas porque ya lo tienes repleto de sal y arena. Del huevo y la harina tampoco te preocupas porque se quita con el otro cubo de agua que te venga encima y, así, pasas la fiesta con alegría y bailando calypso.

Tengo hermosos recuerdos de días y noches de Carnaval en la playa con mi familia y amigos, quedándonos en carpas para disfrutar de las estrellas.  Pero no todos los años podíamos permitirnos estos viajes, así que también nos tocaron carnavales cerquita de casa, es decir, en casa de la Abuela, igualmente estupendos y fantásticos.

Mi abuelo y abuela vivían con mis tías, aun solteras en aquel tiempo. Una de ellas, la más apasionada por el orden y la limpieza, recuerdo que apartaba alfombras, sofás, cojines, mesas y demás accesorios en un ángulo para que no se mojasen y arruinasen con la tiradera de agua normal de esta festividad.

La casa de la Abuela tenía un pequeño recibidor con una puerta que daba a su cocina. Apenas tocabas el timbre de su casa, ya tu ansia crecía porque no sabías cuando te caería tu balde de agua preparado por los familiares que habían llegado primero que tú a la fiesta. A veces el cubo de agua te tocaba tan solo entrar en su casa, otras veces, recuerdo que esperaban a que te relajases para tirártelo y si querías asegurarte de que no te tocaría ningún tobo con agua, tenías que sentarte en uno de los sofás intocables de la casa de la Abuela, es decir, la zona de pausa y prohibida de disturbios. Allí mi dulce y sabia Abuela tenía la última palabra.

Al final, el Carnaval en casa de la Abuela era (y es) inolvidable, desayunabas, almorzabas, merendabas y cenabas empapado de agua, jugando, bromeando y riendo.

Doy gracias a mi sobrino por mantener esta magia y esa alegría viva, y a sus papis porque lo hacen posible…Les deseo felices fiestas😁


¿Cuál es la temperatura más fría que has experimentado?

Sentir frío en invierno es una cuestión habitual que solemos experimentar entre los meses de diciembre y marzo si vivimos en el hemisferio norte, pero que también podemos probar entre los meses de junio y septiembre si vivimos en el hemisferio sur. Cada uno de nosotros experimenta una sensación de frío diferente, pues depende mucho de cuánto estemos acostumbrados a las bajas temperaturas. Además, habría que considerar que la sensación de frío se incrementa con el viento y la humedad, por ello es que, aunque se suela considerar que hace frío cuando las temperaturas son iguales o inferiores a 10 ˚C, a veces con tan solo 15 ˚C podemos sentir la sensación de estar por debajo de los 10 ˚C, como consecuencia del incremento de la humedad o el viento.

De acuerdo con algunos estudios, fue en la Antártida en agosto de 2010 cuando se registró por satélite la temperatura más baja en la Tierra alcanzando los -93 °C ¿puedes imaginártelo?… Se trata de una temperatura en la que es imposible sobrevivir, dado que el aire es tan frío que solo bastaría respirarlo para que se congelase instantáneamente nuestra tráquea y pulmones… ¡qué fuerte!

Hay ciudades conocidas por sus extraordinarias bajas temperaturas, entre ellas, las ubicadas en Siberia (Ojmjakon, Tomtor y Verchojansk) donde se suelen registrar temperaturas cercanas a los menos 70 °C durante el invierno. Personalmente, no he experimentado una caída semejante de la temperatura, pero sí que he probado los -18 °C en el mirador del Matterhorn glacier paradise situado a 3.883msnm. Pero confieso que también sentí mucho frío cuando en los años 90’ llegué al tercer tramo del Teleférico de Mérida a unos 4.045msnm y eso que la temperatura no era inferior a los 10°C. Curioso ¿no?

En fin, el frío puede incomodarnos un poco, y tal vez más, si viene acompañado de lluvia, viento y nieve cuando no estamos preparados, pero lo que más me gusta del frío y, especialmente del invierno, es su invitación al recogimiento, la introspección, a compartir una buena taza de chocolate caliente o té con amigos y, seguidamente, al que carguemos nuestras pilas para recibir con buen ánimo el esplendor de la primavera. Y tú ¿cuál es la temperatura más fría que has experimentado?


¿Y si somos optimistas?

Comienza el año 2017 y con él mi intención de aumentar mis pensamientos positivos sobre mí misma y los demás. Es un intento por ser optimista, de observar y narrar lo que nos rodea y quienes nos circundan sin etiquetar, criticar ni enjuiciar. Es un intento de aceptar lo que no puedo cambiar ni en el mundo ni en los demás, sin renunciar a aportar mi granito de arena sin expectativas. Tengo en mi mochila dos máster, un doctorado y una cantidad de anécdotas y recuerdos personales, unos gratos otros no tanto. Reconozco que no lo sé todo, ¡pero estoy abierta mental y espiritualmente a continuar aprendiendo…mi mochila aún tiene espacio!

Espero que quien pueda y quiera leer mis líneas, dónde quiera que esté, le abracen sentimientos positivos.