Ella

Regreso a casa después de una mañana de trabajo.  En mi mente está la satisfacción de la mañana transcurrida y la lista de la compra para ese día. Casi estoy por llegar al supermercado más cercano a casa, cruzo el paso de cebra atontada con mis pensamientos, repasando nuevamente lo que tengo que comprar, y de repente, me encuentro con Ella.

Ella, es una señora de 83 años, no sé su nombre. No se lo pregunté. ¿Por qué? No lo sé. Ella estaba allí, un poco antes del paso de cebra, pero del otro lado de la calle, muy cerca del supermercado. Ella buscaba donde apoyarse con sus manos. A su lado había macetas de arbustos, pero eran muy bajas para Ella.

Yo que venía y Ella me encontró (la verdad es que creo que fui yo quien la encontró, a Ella). Con algunas señas me dijo que la ayudase un poco, al menos, a cruzar la calle (el paso de cebra). Sin duda le dije: -Claro ¡faltaría más!. Me di cuenta que llevaba dos bolsas de mercado y le dije: -Si quiere se las llevo. Ella me contestó sin titubear:  -Puedo llevarlas, lo único que necesito es cruzar la calle. Y cruzamos la calle lentamente, mientras me decía que teníamos que tener cuidado porque había gente gentil y otra que no lo era tanto. Yo la escuchaba con atención y disfrutaba de cruzar ese paso de cebra tan lentamente. Hubiese estado sola me hubiesen echado los coches encima. Pero allí estaba, junto a Ella, una estrella en pleno día.

Cruzamos la calle. Ella estaba exhausta, pero no se rendía. -¿Tienes prisa?, me preguntó. -No, para nada, le contesté, y agregué: -¿Vive cerca de acá? -Si, respondió Ella. -Entonces la acompaño, le dije sin titubear. En el camino, Ella decidió darme las bolsas y me preguntó si no me importaba llevarlas. Le contesté: no hay problema, ya se lo he ofrecido.

Caminamos juntas, Ella y yo, a paso lento y por un buen rato. Ella me contó cosas de su vida. Yo le conté cosas de la mía. Quizás no la vuelva a ver. Ha sido un placer encontrarla.

Gracias Ella.

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Llorar con el alma

¿Te ha ocurrido llorar como si fuese la última vez que te lo pudieses permitir? ¿Esa sensación en la que no puedes controlar lo que sale de tus ojos, ni de tu nariz y ni siquiera los gemidos tenues y pausados de tu garganta porque hasta el aire te falta?.

Personalmente he experimentado esa sensación más de una vez y cuando he llegado a esa situación ha bastado un simple disparador. No ha habido un por qué preciso para ese llanto del alma, sino un cúmulo de porqués.

Y es que he llorado por mis pérdidas: porque algo ha cambiado, porque alguna situación ha llegado a su fin, porque ya no tengo aquello que tenía o creía tener, porque he tenido que dejar algo que apenas empezaba.

Lloro por los seres queridos que han partido. Lloro por mis pérdidas que quiero dejar atrás y continuar.

Bien dicen que llorar no es de débiles pues nacimos llorando para tomar aire, sacar lo que nos duele y seguir adelante.

Así que lloro, lloro con el alma y pienso en construir, en ir adelante.


Cena sin receta

Por lo general, no cocinamos para cenar, pero esta noche mientras conversábamos y hacíamos zapping llegamos a un canal donde estaban cocinando una pasta corta con una especie de ragú de salchichas estupendo. Todos mirábamos y guardábamos silencio porque teníamos la boca hecha agua. Simplemente se veía delicioso.

Termina el programa, y todos se voltean a verme. Sus ojos y sus sonrisas pícaras me decían que querían eso para cenar. Les he dicho «No hay problema, ahorita mismo hago algo similar de jugoso». Me pongo manos a la obra.

De la nevera saco un diente de ajo con la mitad de una cebolla, unas lonjas de bacon, hojas de salvia y parmesano.  Pongo el agua a hervir.

Meto el sartén a calentar con un poquito de aceite de oliva a fuego lento con el ajo y la cebolla hasta que se cristalicen, echo el bacon y también se cristaliza, cuelo el exceso de aceite y vuelvo a la cocción.

Saco de la alacena una lata de tomates enteros pelados y un poco de peperoncino seco.  Todo va al sartén maravilloso y el agua está por hervir.

El agua hierve y le echo su sal, solo falta la pasta. La busco y ¡Oh-oh! No tengo suficiente de cada una. Por la hora, ya no encontraré ningún negocio abierto (sí todavía la compro, no he intentado hacerla).

Me toca hacer un mix, punto crucial. Cualquier amante de la pasta me lo reprocharía. Lo sé, los tiempos de cocción de cada pasta son distintos, y a nosotros también nos encanta la pasta al dente.

Así que me arriesgué y metí en la olla hirviendo con sal lo que me quedaba de mezza manica (esa pasta en forma de tubo) y penette (plumitas), ambas con sus estrías en la superficie exterior que permiten mayor adherencia de las salsas.

pasta

From GonMaye

Resultado: un plato delicioso hecho en casa en compañía de tus seres queridos y que nos ha sorprendido a todos porque terminaron las plumitas dentro de los tubitos, un gran mix súper jugoso.

¡Buen provecho familia!


Primavera y poesía

Este año 2017 el equinoccio de primavera o año sideral, ese momento del año en que las horas de luz y oscuridad son equivalentes, ocurrió el 20 de marzo a las 11:29 horas (GMT+1), es decir, un día antes de lo que estábamos habituados, un día antes a la acostumbrada celebración del Día Mundial de la Poesía.

Varios artículos circulan por la red explicando con más o menos detalles el porqué de este cambio y, al parecer, ha sido la existencia de los años bisiestos cada cuatro años en el calendario gregoriano la que ha provocado que este año el inicio de la primavera no haya coincidido con el día proclamado por la Unesco para consagrar el arte de la poesía. Es más, quizás deban pasar varias décadas para que ambos eventos vuelvan a concurrir.

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From https://pixabay.com

Lo genial es que por fortuna para escribir, leer, vivir y valorar la poesía no se requiere de un tiempo o instante preciso. Una cuestión que también ocurre con la primavera.

Y es que, apenas hace cuatro días que fue declarada oficialmente el inicio de la primavera, pero hace un par de semanas ya olía a ella. La luz del sol y el canto de los pájaros venían haciéndose sentir desde muy temprano en la mañana. Bastaba una pequeña caminata al aire libre para ver cómo los cerezos florecían elegantemente y las margaritas brotaban en el prado. Se comenzaba a ver colores por doquier mientras que el perfume de las flores, hierbas, plantas y de la propia tierra se colaban por el olfato. El sol invernal se estaba haciendo cada vez más cálido y brillante, invitando a sanas actividades al aire libre.

¡Cuán maravillosa es la naturaleza, cuán abundante y energética es! Y ¡cuán desconcertante puede llegar a ser!

Es primavera, afuera hacen 10 ºC y llueve. El sol estos días no se ha dejado ver. Me asomo a la ventana y pienso que el invierno no quiere dejarnos, tal vez se esté dando cuenta que su tiempo pasó…

¡Bienvenida sea la primavera!


Gestionar nuestros miedos nos hace más fuertes

Hace un par de meses atrás tomé un vuelo de 90 minutos. El simple hecho de pensar que tengo que volar me causa stress: la noche anterior casi no duermo, mi estómago parece tener vida propia y mis músculos parecen no tener ninguna intención de relajarse.

Ya sentada en el avión y antes del despegue pienso en todas aquellas cosas maravillosas que he vivido, en las personas que amo y en las cosas que aún no he hecho y que me gustaría hacer de tener la oportunidad de llegar a mi destino sana y salva; pensamientos que bastan para hacer que mi ansia se incremente, mi respiración casi se detenga y mis músculos casi se paralicen. Es decir, el miedo se apodera de mí.

El avión despega y con él todas mis plegarias a todos los santos que conozco, leo, medito, respiro hondo, inhalo y exhalo lentamente y, finalmente, me relajo. Una turbulencia me saca de mi estado de distensión y, nuevamente, el miedo me embarga.

Mi pulso se acelera, mi corazón late más fuerte, las manos me sudan, los malos pensamientos vuelven a mi mente, veo a mi alrededor y algunos conversan, otros ríen, otros leen, mientras que otros parecen dormir. En fin, me da la impresión que soy la única con tanto stress y entonces… me niego a que ese miedo se instale en mi cuerpo y me paralice, así que contemplo el cielo y el horizonte desde la ventanilla y me siento abrumada por la belleza de lo que veo.

Vuelo en un avión, tan solo uno de los numerosos y apreciados inventos de los últimos dos siglos que han enriquecido a la humanidad.  Me sorprende cómo la creatividad y la invención de los seres humanos han mejorado nuestra calidad de vida.

Los pensamientos positivos retornan a mi mente, mi respiración y pulso se regularizan. Inhalando y exhalando echo fuera los malos pensamientos, soy consciente de que no puedo controlar muchas cosas, pero sí mis miedos y mi mente. Me siento mejor, me siento fuerte, me siento libre y decido relajarme y disfrutar el viaje, el momento, el presente.

El aterrizaje es silencioso, preciso. Doy gracias a los santos por su compañía, doy gracias a los pilotos por su pericia, doy gracias a las azafatas por su sosiego, doy gracias por la capacidad creativa e inventiva humana que hacen posible el progreso técnico y mejoran nuestra calidad de vida, doy gracias por la belleza de todo lo que me rodea y existe.

En fin, doy gracias por otra oportunidad de hacer las cosas que todavía no he hecho y que me gustaría hacer. Y tú ¿temes volar?