Cita de la semana #17

#citadelasemana

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Mi bici amarilla

Era una niña cuando mis padres me regalaron para Navidad una bicicleta amarilla con las ruedas blancas, la bicicleta más hermosa que había visto en mi vida -en realidad es la más bella que haya visto hasta ahora-.

Al principio mi bici la manejaba con las rueditas adicionales para niños. Recuerdo que se las fui subiendo poco a poco hasta que llegó un momento en que solo eran un accesorio más en mi bici, al parecer había aprendido a mantener el equilibrio. Les pedí a mis papas que las quitaran, pues ya no me hacían falta y, además, no me venían bien frente a mis amiguitos, sin ellas era señal de que estaba creciendo, que era grande, mejor.

Y sí fui creciendo, y mi bicicleta estaba conmigo. Mis amiguitos cambiaban de bicicleta, una más grande que la otra cada vez. Yo los admiraba, porque me preguntaba cómo eran de valientes para montarse en esas bicicletas en las que frenaban con mecanismos especiales porque los pies no les llegaban al suelo.

Claro, mi bici también tenía sus frenitos, pero los mejores eran mis pies desnudos sobre la hierba o las zapatillas sobre el asfalto -sí digamos que mis zapatos estaban más desgastados que los frenos y las ruedas de mi bici-. Éramos cómplices, mi bici y yo ¡cuántas bajadas y subidas, cuánto aire fresco sobre mi rostro, mi alma, cuánta libertad!

Un día parece que ya había crecido, y no tenía un por qué para ir en bici…vivía entre concreto, coches, prejuicios…hasta que un día decidí con un buen amigo montarme -después de tantos años- en una bicicleta. A él le había contado de mi bici amarilla fabulosa, lo cual se suponía que me hacía una promesa en el campo.

Y sí me fui muy presuntuosa a montarme en aquella bicicleta alquilada con cestica, no para llevar muñecas ni otros juguetes, sino la cadena y candado de seguridad que pesaban un montón y me impedían mantener el equilibrio; una bicicleta con un montón de velocidades y explicaciones adjuntas sobre cómo conducirla y eso que no era una e-bike. Una bicicleta para montarla en plena ciudad, en medio de tantos coches, peatones, caos. ¡Cuánto miedo!

Mi buen amigo se había montado en su bici y se había alejado, seguro de que no tendría problemas pues al final se suponía que era una experta. Mi cara creo que era un poema, porque rápidamente él regresó, cogió lo que me pesaba y así logré conducir la bicicleta junto a él. Pedaleamos juntos, uno al lado del otro, conversando, sonriendo y también con espléndidos silencios, todavía lo hacemos, para nuestra grande fortuna.

Y cuando las cosas se vuelven muy difíciles o el miedo me embarga, pienso en todas las sensaciones hermosas que he vivido, entre ellas, con mi bici, sí amarilla con ruedas blancas…


Un día como hoy #4

Día para escribirte a ti, ave migrante,
que migras largas distancias,
que migras buscando alimento para ti y los tuyos,
que migras buscando un lugar para permanecer y reproducirte,
que migras buscando mejores tiempos,
que migras buscando vivir.
Hoy, Día Mundial de las Aves Migratorias.


Cuando leer es una medicina

Hace unos días leí un artículo sobre la “biblioterapia”, una técnica auxiliar en la psicoterapia y en los grupos de auto-ayuda, cuyos efectos positivos han sido demostrados.

Supe que el término fue acuñado por S. Crothers en 1916, pero lo que más llamó mi atención ha sido la idea de que la literatura pueda ser una medicina para el alma. Es más, al parecer es una medicina tan antigua como el ser humano.

De lo que se trata es de escoger aquella literatura susceptible de crear una especial resonancia en nosotros, quizás una conexión con el problema que estamos viviendo.

Y es que la lectura tiende a mejorar nuestro grado de comprensión no solo de nosotros mismos sino también de los demás (reales o virtuales): como afirma Keith Oatley, escritor y psicólogo “sumergirse en los mundos imaginarios de la narrativa refuerza la empatía y mejora la capacidad de asumir un punto de vista diferente al nuestro”[1].

Quizás por eso es que leyendo reímos o lloramos, nos angustiamos o relajamos, vivimos aventuras e historias de vida y destinos sorprendentes. La verdad es que siento que la lectura nos hace personas más ingeniosas, pone en marcha nuestro cerebro, reduce nuestro estrés, promueve nuestras competencias sociales y mejora nuestra escritura. Pienso que la lectura puede cambiarnos, puede modificar nuestro modo de ver y entender el mundo, de allí la importancia de saber escoger lo que leemos.

Cierto, a menudo nuestras jornadas están llenas de un montón de compromisos y cosas por hacer, con lo cual no tenemos el tiempo que quisiéramos para leer: estamos ocupados, cansados y estresados. A veces leemos a trozos, pero sin estar verdaderamente concentrados. Así que les dejo unos consejos que leí, a ver cómo nos va:

-Tomémonos el tiempo. ¿por qué no señalar en nuestra agenda una hora dedicada a la lectura?

-Acerquémonos a nuestro libro preferido sin prisas y relajémonos, y ¿por qué no?, combinémoslo con un pequeño aperitivo.

-Apaguemos el celular, el portátil y la tele.

-Leamos con consciencia, reflexionemos sobre lo que hemos leído y apuntémonos las frases más bellas.

En fin, si bien estamos distraídos por una cantidad incesante de estímulos diversos, aprovechemos nuestras capacidades para comprender que la literatura, la lectura, poseen un indispensable valor educativo, formativo y también curativo.

Leer, entender y escribir, cura.

[1] Dal Farra, M. (2017, Febrero 24). “La cura pre-scritta”. Ticino 7, 8, p. 9.


Gestionar nuestros miedos nos hace más fuertes

Hace un par de meses atrás tomé un vuelo de 90 minutos. El simple hecho de pensar que tengo que volar me causa stress: la noche anterior casi no duermo, mi estómago parece tener vida propia y mis músculos parecen no tener ninguna intención de relajarse.

Ya sentada en el avión y antes del despegue pienso en todas aquellas cosas maravillosas que he vivido, en las personas que amo y en las cosas que aún no he hecho y que me gustaría hacer de tener la oportunidad de llegar a mi destino sana y salva; pensamientos que bastan para hacer que mi ansia se incremente, mi respiración casi se detenga y mis músculos casi se paralicen. Es decir, el miedo se apodera de mí.

El avión despega y con él todas mis plegarias a todos los santos que conozco, leo, medito, respiro hondo, inhalo y exhalo lentamente y, finalmente, me relajo. Una turbulencia me saca de mi estado de distensión y, nuevamente, el miedo me embarga.

Mi pulso se acelera, mi corazón late más fuerte, las manos me sudan, los malos pensamientos vuelven a mi mente, veo a mi alrededor y algunos conversan, otros ríen, otros leen, mientras que otros parecen dormir. En fin, me da la impresión que soy la única con tanto stress y entonces… me niego a que ese miedo se instale en mi cuerpo y me paralice, así que contemplo el cielo y el horizonte desde la ventanilla y me siento abrumada por la belleza de lo que veo.

Vuelo en un avión, tan solo uno de los numerosos y apreciados inventos de los últimos dos siglos que han enriquecido a la humanidad.  Me sorprende cómo la creatividad y la invención de los seres humanos han mejorado nuestra calidad de vida.

Los pensamientos positivos retornan a mi mente, mi respiración y pulso se regularizan. Inhalando y exhalando echo fuera los malos pensamientos, soy consciente de que no puedo controlar muchas cosas, pero sí mis miedos y mi mente. Me siento mejor, me siento fuerte, me siento libre y decido relajarme y disfrutar el viaje, el momento, el presente.

El aterrizaje es silencioso, preciso. Doy gracias a los santos por su compañía, doy gracias a los pilotos por su pericia, doy gracias a las azafatas por su sosiego, doy gracias por la capacidad creativa e inventiva humana que hacen posible el progreso técnico y mejoran nuestra calidad de vida, doy gracias por la belleza de todo lo que me rodea y existe.

En fin, doy gracias por otra oportunidad de hacer las cosas que todavía no he hecho y que me gustaría hacer. Y tú ¿temes volar?