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El pizarrón

Recuerdo que de niña volver a clases después de las vacaciones me generaba cierta confusión porque, por un lado, si bien me la había pasado súper sin tener que ir al cole, también pensaba que las vacaciones habían sido muy largas y que ya tenía mucha ganas de volver a la escuela para reencontrarme con los amigos de clase, divertirme en los recreos jugando yoyo, perinola, palitos chinos, yaquis, la ere y ere paralizada y un montón de juegos más, además de disfrutar con los compañeros en las excursiones que preparaba la escuela a parques, museos, etc.

Cada año escolar que comenzaba tenía mucha curiosidad por conocer todo lo que recién llegaba, los nuevos compañeros, maestros, asignaturas, ritmo escolar. Y sí, me gustaba ir al cole, lo que no me agradaba mucho era la idea de tener que despertarme muy temprano por la mañana (claro, levantarme no era el problema, sino la pereza, puesto que en vacaciones o fines de semana a las seis de la mañana ya estaba lista para ver los dibujos animados en la tele).

Sabía que comenzar las clases significaría tener que iniciar las rutinas de estudios, tareas, exámenes e interrogatorios muchas veces delante del pizarrón, sí de esa gran pantalla verde/negra capaz de acoger una montaña de palabras, números, gráficos y fórmulas, a veces, incomprensibles.

En aquél entonces, recuerdo que el pizarrón era de madera y en él se escribía con tiza blanca o de colores, nada que ver con las pantallas tecnológicas y conectadas a ordenadores y portátiles de hoy en día. Sin embargo, aún me acuerdo cómo eran divertidas aquellas pizarras, sobre todo, cuando uno se sabía las respuestas o cuando te dejaban dibujar lo que se te pasaba por la cabeza.

Corregir un error en la pizarra era entonces sumamente sencillo, bastaba pasar la mano por las letras, números, para que aquella arcilla blanca se esfumase convirtiendo en polvo lo escrito. Cancelar el error, hacer desaparecer lo que era incorrecto, era fácil. Sin duda diferente a lo que ocurre en la pizarra de las redes sociales, o lo que sucede con la pizarra de un corazón.

Es septiembre, así que ¡buen regreso!


Nuestra lonchera del kínder y el Kyaraben

En estos días un amigo me comentaba que había visto un video en la tele sobre un grupo de mamás japonesas que preparaban unas loncheras geniales y divertidas para sus niños en kínder.

¿Qué tienen de genial?, pues que estas mamás logran darles a los alimentos forma de personajes del manga o dibujos animados más populares, así como de animales, flores, paisajes, monumentos, etc., y después de tanto mimo, también se esmeran en colocar todas las piezas con mucho orden dentro de un recipiente o tupper, mejor conocido en Japón como bento box[i].  O sea, que cuando los niñitos abren sus loncheras se encuentran no solo con una obra de arte sino también con su comida del día.

charaben_cookinggwithkathy

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Mi amigo con mucho entusiasmo me dijo que le hubiese encantado de niño haber abierto su lonchera y haberse encontrado con semejante sorpresa. Por lo que enseguida su comentario despertó mi curiosidad por ver el video en cuestión, lo cual hice, pero no sin antes hacer un viaje con él a nuestra infancia.

Y viajamos a las loncheras de aquellos tiempos. Las mías de plásticos, las de él de metal. Recordamos que a veces cerraban bien, pero que otras veces (por no decir siempre) no. Recordamos que a veces venían acompañadas de un termo donde nos metían el jugo o el zumo, pero que no importando cuan fuerte lo cerraras, siempre terminaba por mojarte el pan.

Reímos mucho de nuestras loncheras, de nuestro pan empapado, del jugo que ya sabía mal a mitad de jornada, del biberón y el chupón. Recordamos nuestras loncheras y nuestras madres ¡cuánto trabajo ya tenían con nosotros y eso que no conocían el charaben!

Porque sí, el charaben o kyaraben es todo un arte, y como todo arte requiere horas de trabajo, paciencia y pasión. De eso sabe Tomomi Maruo, una “charabentist” o “food artist” quien, en su video que puedes ver aquí, confiesa que tarda al menos una hora en diseñar un charaben, pues es un trabajo lleno de pequeños detalles. Ella da cursos tutoriales a mamás y les enseña, por ejemplo, cómo cortar las hojas de algas, cómo hacer formas utilizando el papel film o cómo usar la mayonesa como pegamento de los diversos y pequeños fragmentos de comida del personaje o diseño a crear. Sus creaciones son hermosas, pero como bien aclara lo importante no es solo que luzcan bien, sino también que sepan bien, pues de lo contrario nada tendría sentido.

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Cierto, es un estilo bastante arraigado en Japón, porque en la mayoría de los jardines de infancia los niños deben llevar su comida. Así que las mamás se levantan muy tempranito para prepararles sus chara-bentos, mientras que los peques supongo que no hacen más que soñar con la hora de la comida para ver su sorpresita del día. ¡Qué emoción!

Ya entiendo el entusiasmo de mi amigo. Por fortuna, no hay límites a la imaginación. Así que voy a ver si aprendo hacer algún chara-bento para regalárselo al niño que vive en mi amigo ¿y por qué no?, regalárselo a la niña que vive en mí.

[i] Si te interesan algunas recetas charaben puedes obtenarlas aquí . Para conocer más sobre la historia del bento visita http://www.nihonjapangiappone.com/pages/cucina/bento.php. Algunos tips sobre cómo preparar una bento en http://es.wikihow.com/hacer-un-bento. Otros accesorios para preparar una bento y practicar el estilo charaben en http://www.modes4u.com/es/cute/c259_Accesorios-bento.html/page/all