El arte de hacer parrilladas

Con el buen tiempo llegan las ganas de hacer parrilladas con los amigos, parientes y vecinos, todo un arte porque cocinar carnes, pescados, mariscos, verduras, quesos, tofú, panes, etc., sobre una parrilla (rejilla) al aire libre teniendo que regular a ojo la temperatura de los carbones ardientes no es nada fácil.

Claro, ahora existen las parrillas y barbacoas (éstas últimas con tapas) a gas y eléctricas (con calor indirecto, circular, etc.), muchas más prácticas de utilizar, no solo porque la temperatura se regula fácilmente, sino porque también son menos trabajosas que las de carbón a la hora de limpiar.

Pero, aun así, yo prefiero la parrillera tradicional, esa de toda la vida con el carbón cuyo aroma del humo de las brasas es sinigual y le añade un toque de sabor delicioso a los alimentos, ideal para vegetarianos, veganos y flexitarianos como yo que disfrutamos comernos tanto una ensalada o sopa fría bien fresquita, con todo crudo (sobre todo en esta época del año), así como una buena carne a las brasas.

Y es que, si algo maravilloso tienen las parrilladas, es que son sinónimo de sociabilidad. Son un arte que incluye no solo la pasión por la cocina, el fuego, el aire libre, sino también la disposición a colaborar, participar, trabajar en equipo.

Para mí la comida hecha a la parrilla es un deleite, al igual que los aromas que desprenden las brasas, y más placentero y ameno es tener con quien compartirla con alegría, con la alegría de vivir.

Y a ti ¿te gustan las parrilladas?


Mi bici amarilla

Era una niña cuando mis padres me regalaron para Navidad una bicicleta amarilla con las ruedas blancas, la bicicleta más hermosa que había visto en mi vida -en realidad es la más bella que haya visto hasta ahora-.

Al principio mi bici la manejaba con las rueditas adicionales para niños. Recuerdo que se las fui subiendo poco a poco hasta que llegó un momento en que solo eran un accesorio más en mi bici, al parecer había aprendido a mantener el equilibrio. Les pedí a mis papas que las quitaran, pues ya no me hacían falta y, además, no me venían bien frente a mis amiguitos, sin ellas era señal de que estaba creciendo, que era grande, mejor.

Y sí fui creciendo, y mi bicicleta estaba conmigo. Mis amiguitos cambiaban de bicicleta, una más grande que la otra cada vez. Yo los admiraba, porque me preguntaba cómo eran de valientes para montarse en esas bicicletas en las que frenaban con mecanismos especiales porque los pies no les llegaban al suelo.

Claro, mi bici también tenía sus frenitos, pero los mejores eran mis pies desnudos sobre la hierba o las zapatillas sobre el asfalto -sí digamos que mis zapatos estaban más desgastados que los frenos y las ruedas de mi bici-. Éramos cómplices, mi bici y yo ¡cuántas bajadas y subidas, cuánto aire fresco sobre mi rostro, mi alma, cuánta libertad!

Un día parece que ya había crecido, y no tenía un por qué para ir en bici…vivía entre concreto, coches, prejuicios…hasta que un día decidí con un buen amigo montarme -después de tantos años- en una bicicleta. A él le había contado de mi bici amarilla fabulosa, lo cual se suponía que me hacía una promesa en el campo.

Y sí me fui muy presuntuosa a montarme en aquella bicicleta alquilada con cestica, no para llevar muñecas ni otros juguetes, sino la cadena y candado de seguridad que pesaban un montón y me impedían mantener el equilibrio; una bicicleta con un montón de velocidades y explicaciones adjuntas sobre cómo conducirla y eso que no era una e-bike. Una bicicleta para montarla en plena ciudad, en medio de tantos coches, peatones, caos. ¡Cuánto miedo!

Mi buen amigo se había montado en su bici y se había alejado, seguro de que no tendría problemas pues al final se suponía que era una experta. Mi cara creo que era un poema, porque rápidamente él regresó, cogió lo que me pesaba y así logré conducir la bicicleta junto a él. Pedaleamos juntos, uno al lado del otro, conversando, sonriendo y también con espléndidos silencios, todavía lo hacemos, para nuestra grande fortuna.

Y cuando las cosas se vuelven muy difíciles o el miedo me embarga, pienso en todas las sensaciones hermosas que he vivido, entre ellas, con mi bici, sí amarilla con ruedas blancas…