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Luces de Navidad…

Las luces de Navidad decoran las calles, vitrinas de negocios, casas, hogares haciendo que la atmósfera sea más placentera, especial, sobre todo, en esta época del año donde la oscuridad y el frío tienden a ser protagonistas por buena parte de la jornada (al menos para los que vivimos en el hemisferio septentrional del planeta Tierra).

Una época que me trae bonitos recuerdos de mi infancia en casa de los Abuelos paternos donde el pesebre artesanal no faltaba y cada año éste era más creativo y sorprendente que el año anterior. O recuerdos del 25 de diciembre en casa de los Abuelos maternos donde no sólo pesebre y arbolito de luces aguardaban, sino también unos bollitos de maíz aliñados y fritos muy suculentos que hacía la abuela (me parece que solo por este día, el pan espléndido que hacía mi abuelo panadero, pasaba a segundo lugar).

Olores, sabores, amores, encuentros que no se olvidan.

Hoy en día el arbolito de Navidad con su montón de luces y estrella en lo alto (a solicitud expresa de mi sobrino) no falta en casa. El pesebre tampoco falta (aunque bastante más sencillo comparado con los de las Abuelas).

Y qué decir de los olores y sabores…tampoco faltan…diversos, enriquecidos…después de tanto andar.

Con mucho cariño, a mi familia y a quien esté leyendo estas líneas, les deseo una ¡Feliz Navidad! 🎄


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El pizarrón

Recuerdo que de niña volver a clases después de las vacaciones me generaba cierta confusión porque, por un lado, si bien me la había pasado súper sin tener que ir al cole, también pensaba que las vacaciones habían sido muy largas y que ya tenía mucha ganas de volver a la escuela para reencontrarme con los amigos de clase, divertirme en los recreos jugando yoyo, perinola, palitos chinos, yaquis, la ere y ere paralizada y un montón de juegos más, además de disfrutar con los compañeros en las excursiones que preparaba la escuela a parques, museos, etc.

Cada año escolar que comenzaba tenía mucha curiosidad por conocer todo lo que recién llegaba, los nuevos compañeros, maestros, asignaturas, ritmo escolar. Y sí, me gustaba ir al cole, lo que no me agradaba mucho era la idea de tener que despertarme muy temprano por la mañana (claro, levantarme no era el problema, sino la pereza, puesto que en vacaciones o fines de semana a las seis de la mañana ya estaba lista para ver los dibujos animados en la tele).

Sabía que comenzar las clases significaría tener que iniciar las rutinas de estudios, tareas, exámenes e interrogatorios muchas veces delante del pizarrón, sí de esa gran pantalla verde/negra capaz de acoger una montaña de palabras, números, gráficos y fórmulas, a veces, incomprensibles.

En aquél entonces, recuerdo que el pizarrón era de madera y en él se escribía con tiza blanca o de colores, nada que ver con las pantallas tecnológicas y conectadas a ordenadores y portátiles de hoy en día. Sin embargo, aún me acuerdo cómo eran divertidas aquellas pizarras, sobre todo, cuando uno se sabía las respuestas o cuando te dejaban dibujar lo que se te pasaba por la cabeza.

Corregir un error en la pizarra era entonces sumamente sencillo, bastaba pasar la mano por las letras, números, para que aquella arcilla blanca se esfumase convirtiendo en polvo lo escrito. Cancelar el error, hacer desaparecer lo que era incorrecto, era fácil. Sin duda diferente a lo que ocurre en la pizarra de las redes sociales, o lo que sucede con la pizarra de un corazón.

Es septiembre, así que ¡buen regreso!


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Un día como hoy #8

Día especial para escribirte a ti.

Mi primera compañera de juegos, travesuras y aventuras, esas que incluían cortarnos el cabello una a la otra para sacarnos un flequillo (una no muy buena idea) o hacernos una melena larga con el vestido del pijama (lo que sí se nos daba muy bien) o alargarnos las uñas con sellotape (un trabajón que duraba poco) o tirarnos por una bajada con la bicicleta sin frenos (acabando por los suelos con los dientes completos, ¡por fortuna!) o hacer desaparecer las verduras de nuestro plato sin haberlas probado (pura magia) o escribir un montón de cartas jugando a que vivíamos en lugares súper distantes cuando lo que nos separaba era una cama de la otra. Y ya vez, lo que es la vida, ahora nos separan más de ocho mil kilómetros.

Día para escribirte a ti, que compartiste tu cama conmigo después de haber visto una película de terror, sabiendo que durmiendo mis piernas y brazos poco sabían de educación (¿cuántas patadas no?).

A ti que te conozco desde que tengo memoria y hemos vivido juntas momentos de gran satisfacción y también dolor.

A ti que tienes un corazón, de esos que sólo pocos tenemos la dicha de encontrar y conservar.

A ti a quien extraño un montón abrazar y besar, sobre todo, un día como hoy.

A ti Yani.

¡Feliz Cumpleaños Hermana!

 


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La belleza de las mariposas

Hace unos días que el cielo volvió a tornarse azul, después de un temporal de lluvia y viento que vino acompañado con un espectáculo de luces y sonidos. Las flores tienen un perfume penetrante, sorprendente, especialmente los jazmines. Las hortensias también están floreciendo y regalándonos sus bellos colores y perfumes como otras tantas especies. El verde de los árboles, arbustos, prados, etc., son tan diversos y brillantes, que superan la escala de colores verdes que conocía. ¡Cuánta belleza, inmensidad que sorprende y agradezco!

Continúo mirando a mi alrededor y me doy cuenta que hay una especie que tengo tiempo que no veo y echo en falta, son las mariposas. Recuerdo que cuando era niña había muchas, bellas, coloridas, de diversos tamaños, una distinta a la otra. Mi hermana y yo las perseguíamos, corríamos detrás de ellas, queríamos tocarlas, jugar con ellas. Ocurría en los jardines del cole, en los prados del cementerio donde íbamos a limpiar y dejar flores hermosas para nuestros difuntos, en los parques de aire puro y libertad.

También recuerdo las mariposas marrones y negras, esas inmensas que permanecían inmóviles en plena mañana en un lugar oscuro, húmedo, frío, misterioso. No eran tan coloridas y agraciadas como las diurnas, a decir verdad, me daban miedo, y cómo no si había otros niños y adultos que decían que eran de mal augurio.

Tal parece que las mariposas existen desde hace al menos 50 millones de años y se estima que hay más de 150.000 especies de ellas distribuidas por todo el mundo, sin embargo, desde la década de los noventa del siglo pasado vienen disminuyendo en número, entre otras cuestiones, por el abandono de las praderas.

Y es que la agricultura intensiva (fertilizantes, sobrepastoreo, el uso del fuego para limpiar el monte y ampliar las zonas de pasto) no les va bien a las mariposas, como tampoco les viene bien el abandono de las tierras. Una agricultura sostenible, sería su gran aliada.

¿Qué hacer?, ¿Cómo revertir la situación? Hay quienes dicen que, con una política nacional, regional, mundial, donde trabajen en equipo expertos y administraciones, ONGs relacionadas con el medio ambiente, que dispongan de los medios financieros para vigilar mejor las especies amenazadas aplicando medidas efectivas para su conservación, será un buen inicio y una garantía.

Yo no soy experta, ni administrativa, soy una ciudadana y un ser humano. Así que intento no preocuparme, sino ocuparme. A las mariposas, quiero verlas más, tanto las diurnas como nocturnas. Y sabes por qué. Pues porque no solo se trata del placer que da admirarlas sino también por el hecho de reconocer el importante rol que tienen estos pequeños insectos como indicadores naturales del estado de salud de nuestro ecosistema. Ellas, además de favorecer la polinización (sí hay flores que se abren en la mañana, al igual que hay otras que se abren en el atardecer, anochecer y amanecer), también nos ayudan en el control natural de plagas, nos ayudan a explicar a niños y adultos el ciclo de la vida, nos ayudan a comprender la dinámica de las poblaciones, nos inspiran a escribir obras literarias, poéticas, líricas, fotográficas, hasta entradas de blog, en fin, nos gustan y las necesitamos en nuestro ecosistema y vida.

Así que me estoy informando sobre un par de plantas que atraen a las mariposas, las protegen, y no solo a ellas sino también a otros insectos como las abejas, importantísimas también en la polinización de las flores y la producción de frutos y semillas, o sea, alimentos. Se trata de plantas que se pueden tener en un pequeño jardín, incluso, a algunas les basta un pequeño espacio iluminado y fresco en un balcón o dentro de casa.

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La primera, la preferida por antonomasia es la budleja, su néctar apasiona a las mariposas y su perfume a los humanos. Le encanta el sol, se adapta fácilmente, es resistente, poco exigente y florece en verano. El detallito es que puede alcanzar los 2-3 metros de altura, así que su destino es un jardín.

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Pero no hay cabida para el desánimo porque si no se tiene un jardín otra planta que les encanta a las mariposas es la lavándula, mejor conocida como lavanda con su color púrpura hermoso y perfume fresco, limpio. A esta planta le gusta mucho el sol y poco el agua, florece en primavera y puede crecer hasta una altura de 70 centímetros por lo que se puede tener perfectamente en una maceta dentro de  casa. Lo importante es que reciba bastante iluminación y aire fresco.

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También el sedum atrae a las mariposas, con sus flores en forma de estrellas y de distintos tamaños. Requiere una gran cantidad de luz en todas las estaciones del año, pero no una exposición directa al sol, de modo que se puede tener igualmente en una maceta dentro de casa, eso sí muy cerquita a la ventana, porque le gusta la brisa y el aire fresco.

Éstas son tan solo tres de las muchas plantas que, me estoy enterando, les gusta a las mariposas. Como les dije, apenas comienzo a crear mi propio jardín para atraerlas.

Y tú ¿te animas?


Mi bici amarilla

Era una niña cuando mis padres me regalaron para Navidad una bicicleta amarilla con las ruedas blancas, la bicicleta más hermosa que había visto en mi vida -en realidad es la más bella que haya visto hasta ahora-.

Al principio mi bici la manejaba con las rueditas adicionales para niños. Recuerdo que se las fui subiendo poco a poco hasta que llegó un momento en que solo eran un accesorio más en mi bici, al parecer había aprendido a mantener el equilibrio. Les pedí a mis papas que las quitaran, pues ya no me hacían falta y, además, no me venían bien frente a mis amiguitos, sin ellas era señal de que estaba creciendo, que era grande, mejor.

Y sí fui creciendo, y mi bicicleta estaba conmigo. Mis amiguitos cambiaban de bicicleta, una más grande que la otra cada vez. Yo los admiraba, porque me preguntaba cómo eran de valientes para montarse en esas bicicletas en las que frenaban con mecanismos especiales porque los pies no les llegaban al suelo.

Claro, mi bici también tenía sus frenitos, pero los mejores eran mis pies desnudos sobre la hierba o las zapatillas sobre el asfalto -sí digamos que mis zapatos estaban más desgastados que los frenos y las ruedas de mi bici-. Éramos cómplices, mi bici y yo ¡cuántas bajadas y subidas, cuánto aire fresco sobre mi rostro, mi alma, cuánta libertad!

Un día parece que ya había crecido, y no tenía un por qué para ir en bici…vivía entre concreto, coches, prejuicios…hasta que un día decidí con un buen amigo montarme -después de tantos años- en una bicicleta. A él le había contado de mi bici amarilla fabulosa, lo cual se suponía que me hacía una promesa en el campo.

Y sí me fui muy presuntuosa a montarme en aquella bicicleta alquilada con cestica, no para llevar muñecas ni otros juguetes, sino la cadena y candado de seguridad que pesaban un montón y me impedían mantener el equilibrio; una bicicleta con un montón de velocidades y explicaciones adjuntas sobre cómo conducirla y eso que no era una e-bike. Una bicicleta para montarla en plena ciudad, en medio de tantos coches, peatones, caos. ¡Cuánto miedo!

Mi buen amigo se había montado en su bici y se había alejado, seguro de que no tendría problemas pues al final se suponía que era una experta. Mi cara creo que era un poema, porque rápidamente él regresó, cogió lo que me pesaba y así logré conducir la bicicleta junto a él. Pedaleamos juntos, uno al lado del otro, conversando, sonriendo y también con espléndidos silencios, todavía lo hacemos, para nuestra grande fortuna.

Y cuando las cosas se vuelven muy difíciles o el miedo me embarga, pienso en todas las sensaciones hermosas que he vivido, entre ellas, con mi bici, sí amarilla con ruedas blancas…


Cenas a tres y más…

Éramos tres en una Renault de 5 puertas en los años 80’. Después de una larga jornada de trabajo mi madre venía a recogernos al cole.

Camino a casa, si era viernes -creo recordar- y si el coche no nos había dejado varadas en algún lugar del camino -cuestión que solía ocurrir con cierta frecuencia- cenábamos fuera. Era genial, un regalo después de una semana de empeño, de ella trabajando y nosotras estudiando.

Nos deteníamos en la esquina de las empanadas fritas, todavía recuerdo el olor, qué delicia. Me encantaban las empanadas de queso que venían con un huequito en un extremo para diferenciarlas de las empanadas con otros rellenos. Las de carne molida (carne picada) también eran suculentas.

Otras veces nos íbamos al puesto de las hamburguesas de toda la vida, un lugar familiar donde había dos opciones: hamburguesas con queso o sin queso. Recuerdo que eran ricas y lo mejor, las patatas fritas que te ponían cortadas en forma de rizos con gajos de limón para que se los exprimieses encima. Un toque diferente. Además, hacían unas merengadas de ensueño (a base de helado), mi preferida la de mantecado (vainilla).

También nos gustaba ir a nuestro restaurante chino. No era nuestro, solo que estaba cerca de casa y nos consentían tanto que nos encantaba ir. A mí, que siempre he sido más pequeña de lo que suele ser la gente, me ponían una silla súper chula y cómoda a la altura de la mesa, genial para compartir con la familia. Y lo mejor, con mi bebida venía una sombrilla de bambú colorida, ¡qué alegría!

Éramos tres, después fuimos cuatro y luego cinco…siempre compartiendo la misma mesa, el pan. Por fortuna, aún, ahora.


Entre Arepas y Crescentine

En estos días he descubierto que en la región de la Emilia-Romaña en Italia, particularmente en Bolonia y Módena, existe un tipo de pan conocido como crescentina o crescenta, y también como tigella.

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Se trata de un producto tradicional que se prepara con agua, harina de trigo y levadura de cerveza, dándosele una forma redonda. Hay quien también le agrega un poco de leche o nata, o aceite (de oliva o girasol) o simplemente manteca.

Una vez listas las crescentine o tigelle se comen acompañando los excelentes embutidos de la zona y otras latitudes: salchichas, mortadelas, culatello, jamón y pare usted de contar…todo acompañado de un vino frizzante, un Lambrusco. Lo mismo se hace con los ñoquis gigantes fritos (gnocchetto) famosos en la zona, cuya idea es comerlos recién hechos y rellenos con el embutido que se prefiera. Todo delicioso…

La preparación de las crescentine o tigelle me ha recordado la forma en que preparo una de las comidas que no falta en nuestra mesa el fin de semana: la Arepa. Ella solo requiere agua, harina de maíz (precocida), sal y un gustoso amasado. Así que es genial para los que están controlando la ingesta de gluten. Además, si te apetece puedes agregarle a la masa unas semillas de sésamo, chía, lino o linaza, hojuelas de avena o cualquier otro cereal que te guste.

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La Arepa una vez cocida (asada, al horno o frita) también la puedes rellenar de embutidos como se hace con las crescentine, pero también es deliciosa rellena de ensaladas, frijoles, pescados, carnes, quesos, etc. Se adapta a todo. Incluso, si la prefieres sin embutir va genial para acompañar sopas, barbacoas o parrillas, así como al estilo pan.

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Y para acompañar la Arepa, nada como un buen jugo o zumo natural: naranjas, parchitas o maracuyás, lechosas o papayas, patillas o sandías, piñas, etc., o un buen batido o mix de frutas (lo que ahora llaman smoothie). El “tres en uno” (remolacha, zanahoria y naranja), uno de los que más recuerdo ¡súper energético!

La Arepa es una comida amada y soñada por todos los que conocemos el placer de comernos una a cualquier hora. Hasta los niños la adoran.

Confieso que cada vez que me como una Arepa, suspiro y me pregunto cómo es posible que tanta gente no sepa de ella.

Y tú ¿la has probado?


A ti

Sueño contigo,
me despierto,
aún todo está oscuro
y te pienso.

Te escribo con mi mente,
borro con mi mente,
imagino qué decirte,
sueño despierta,
y te sigo pensando.

Me doy media vuelta,
trato de conciliar el sueño,
pero no puedo,
te estoy pensando.

Te escribo con mi mente,
borro con mi mente,
pienso saber qué decirte,
sonrío, suspiro,
y te sigo pensando.

Casi amanece
y dormir no me dejas,
me levanto,
papel y lápiz cojo
y, finalmente,
te escribo,
con mis manos,

A ti.


Ella

Regreso a casa después de una mañana de trabajo.  En mi mente está la satisfacción de la mañana transcurrida y la lista de la compra para ese día. Casi estoy por llegar al supermercado más cercano a casa, cruzo el paso de cebra atontada con mis pensamientos, repasando nuevamente lo que tengo que comprar, y de repente, me encuentro con Ella.

Ella, es una señora de 83 años, no sé su nombre. No se lo pregunté. ¿Por qué? No lo sé. Ella estaba allí, un poco antes del paso de cebra, pero del otro lado de la calle, muy cerca del supermercado. Ella buscaba donde apoyarse con sus manos. A su lado había macetas de arbustos, pero eran muy bajas para Ella.

Yo que venía y Ella me encontró (la verdad es que creo que fui yo quien la encontró, a Ella). Con algunas señas me dijo que la ayudase un poco, al menos, a cruzar la calle (el paso de cebra). Sin duda le dije: -Claro ¡faltaría más!. Me di cuenta que llevaba dos bolsas de mercado y le dije: -Si quiere se las llevo. Ella me contestó sin titubear:  -Puedo llevarlas, lo único que necesito es cruzar la calle. Y cruzamos la calle lentamente, mientras me decía que teníamos que tener cuidado porque había gente gentil y otra que no lo era tanto. Yo la escuchaba con atención y disfrutaba de cruzar ese paso de cebra tan lentamente. Hubiese estado sola me hubiesen echado los coches encima. Pero allí estaba, junto a Ella, una estrella en pleno día.

Cruzamos la calle. Ella estaba exhausta, pero no se rendía. -¿Tienes prisa?, me preguntó. -No, para nada, le contesté, y agregué: -¿Vive cerca de acá? -Si, respondió Ella. -Entonces la acompaño, le dije sin titubear. En el camino, Ella decidió darme las bolsas y me preguntó si no me importaba llevarlas. Le contesté: no hay problema, ya se lo he ofrecido.

Caminamos juntas, Ella y yo, a paso lento y por un buen rato. Ella me contó cosas de su vida. Yo le conté cosas de la mía. Quizás no la vuelva a ver. Ha sido un placer encontrarla.

Gracias Ella.


Huevos y conejitos se visten de fiesta

Recuerdo que cuando era una niña siempre llegaba una época del año en la que no había panadería, pastelería, abasto o supermercado en la que no me encontrase con conejitos y huevos de chocolate de todos los tamaños.

Me llamaban mucho la atención, pues me parecía que estas lindas figuritas tenían más chocolate del que estaba acostumbrada a ver en una sola pieza, en realidad, ¡tenían más chocolate del que yo podía imaginar comer!

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Pero allí estaban, los simpáticos conejitos de chocolate viéndome y pidiéndome que me los llevara a casa, mientras que los huevos de chocolate, no teniendo ojos, eran igual de tentadores. ¡Demasiado chocolate junto!

En casa, no teníamos la costumbre de decorar, pintar y esconder los huevos para luego buscarlos. Sí conocía compañeritos de escuela que lo hacían. ¡Y me parecía súper  divertido!

Recuerdo un día en casa de la abuela, que con mis tías empezamos a pintar huevos para celebrar la fiesta. No existía internet, así es que estábamos probando. Todas (niñas, mamás, tías y abuelas) dábamos ideas de cómo hacer para no perder el contenido del huevo (vital para comérnoslo), y de cómo dejar la cáscara casi intacta para luego decorarla.

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Una de mis tías se encargó de romper con mucha precisión cada huevo en un extremo extrayendo su contenido que guardaba mi abuela en un pocillo para el revoltillo familiar o perico de la noche o el día siguiente.

Por supuesto, decorar y pintar después los huevos vacíos requería paciencia, prudencia, humildad, buen humor y pasión. Lo mismo que se necesitaba para esconderlos, buscarlos y encontrarlos.

Después de tantos años me he enterado que los huevos vestidos de fiesta están cocidos. Se decoran, pintan, se esconden y si los encuentras te los puedes comer. ¡Fácil y genial! ¿no?

Pero ¿qué tiene que ver el conejo con los huevos de Pascua? Existen muchos mitos, legendas, pero el que más me gusta es el de Katja Henkel: un conejo se enamora de una gallina. Cuando finalmente encuentra el coraje para declararle su amor, encuentra en el gallinero solo un huevo. Se lo lleva a casa, lo pinta y lo mete en la hierba de modo que la gallina pueda encontrarlo. Pero ella no regresa. Desde entonces el conejo casi enloquecido a causa de las penas de amor pinta y esconde desesperadamente en todo el mundo los huevos que encuentran los niños.

Buena Pascua 🐣