Mi bici amarilla

Era una niña cuando mis padres me regalaron para Navidad una bicicleta amarilla con las ruedas blancas, la bicicleta más hermosa que había visto en mi vida -en realidad es la más bella que haya visto hasta ahora-.

Al principio mi bici la manejaba con las rueditas adicionales para niños. Recuerdo que se las fui subiendo poco a poco hasta que llegó un momento en que solo eran un accesorio más en mi bici, al parecer había aprendido a mantener el equilibrio. Les pedí a mis papas que las quitaran, pues ya no me hacían falta y, además, no me venían bien frente a mis amiguitos, sin ellas era señal de que estaba creciendo, que era grande, mejor.

Y sí fui creciendo, y mi bicicleta estaba conmigo. Mis amiguitos cambiaban de bicicleta, una más grande que la otra cada vez. Yo los admiraba, porque me preguntaba cómo eran de valientes para montarse en esas bicicletas en las que frenaban con mecanismos especiales porque los pies no les llegaban al suelo.

Claro, mi bici también tenía sus frenitos, pero los mejores eran mis pies desnudos sobre la hierba o las zapatillas sobre el asfalto -sí digamos que mis zapatos estaban más desgastados que los frenos y las ruedas de mi bici-. Éramos cómplices, mi bici y yo ¡cuántas bajadas y subidas, cuánto aire fresco sobre mi rostro, mi alma, cuánta libertad!

Un día parece que ya había crecido, y no tenía un por qué para ir en bici…vivía entre concreto, coches, prejuicios…hasta que un día decidí con un buen amigo montarme -después de tantos años- en una bicicleta. A él le había contado de mi bici amarilla fabulosa, lo cual se suponía que me hacía una promesa en el campo.

Y sí me fui muy presuntuosa a montarme en aquella bicicleta alquilada con cestica, no para llevar muñecas ni otros juguetes, sino la cadena y candado de seguridad que pesaban un montón y me impedían mantener el equilibrio; una bicicleta con un montón de velocidades y explicaciones adjuntas sobre cómo conducirla y eso que no era una e-bike. Una bicicleta para montarla en plena ciudad, en medio de tantos coches, peatones, caos. ¡Cuánto miedo!

Mi buen amigo se había montado en su bici y se había alejado, seguro de que no tendría problemas pues al final se suponía que era una experta. Mi cara creo que era un poema, porque rápidamente él regresó, cogió lo que me pesaba y así logré conducir la bicicleta junto a él. Pedaleamos juntos, uno al lado del otro, conversando, sonriendo y también con espléndidos silencios, todavía lo hacemos, para nuestra grande fortuna.

Y cuando las cosas se vuelven muy difíciles o el miedo me embarga, pienso en todas las sensaciones hermosas que he vivido, entre ellas, con mi bici, sí amarilla con ruedas blancas…

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6 comentarios sobre “Mi bici amarilla

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    1. Gracias miles María, me contenta que te haya gustado😊. Yo también estaba como paralizada por el miedo, pero decidí echarlo a un lado. Cuando te provoque, quieras, te apetezca, prueba y móntate en una bici (es apta también para los que tenemos arruguitas en el corazón). Un fuerte abrazo bella 🤗.

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    1. ¡Qué alegría tenerte por acá Alicia! Me contenta mucho que te haya gustado y que también recuerdes tan lindos momentos. Gracias por leerme y un abrazo enorme con besos a montón😘.

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