Carnaval: disfraces, papelillo y mucho más…

A mi sobrino de casi siete años le encanta la alegría del Carnaval y disfrazarse de superhéroe. Su emoción es tal que nos contagia a todos en la familia y nos hace recordar hermosos y divertidos momentos vividos juntos.

Su emoción me ha hecho recordar las ansias con las cuales esperaba ese viernes antes del asueto de Carnaval cuando era tan solo una niña. Y es que ese día era muy especial en la escuela porque todos los niños íbamos disfrazados, había bailes, música, caramelos, papelillos, serpentinas y todo era más relajado, quiero decir, era un día de escuela diferente. Las maestras estaban más contentas de lo habitual, sonreían más de lo habitual, en realidad, todos lo hacíamos porque simplemente era un día de fiesta (de jugar, bromear y divertirse).

Ese viernes en la escuela se hacía también un concurso de disfraces por cada clase. Recuerdo cuánta ilusión nos hacía (a mi hermana mayor y a mí) participar. Tanto así, que cada año mis tías se esmeraban para que maquillaje, peinado y demás detalles estuvieran lo mejor posible. Los disfraces a veces nos lo compraban mamá o papá, otras veces eran adaptaciones de los disfraces de mis tías y otras veces creaciones de una amiga que estaba probando su talento como costurera.

Finalmente, llegaba el viernes de Carnaval en la escuela y el concurso de disfraces. Había un ansia por ver a los compañeros de clase y por descubrir o adivinar de qué estaban disfrazados; ansia por saber si podrías reconocerlos bajo su disfraz o máscara; curiosidad por saber si ellos podrían reconocerte.

Superman, Batman, la mujer maravilla, el zorro, mi bella genio, Drácula, la bruja, el vaquero, el hombre araña, caperucita roja, la princesa y el príncipe, la bailarina y otros, son tan solo algunos de los disfraces que recuerdo solían desfilar no solo en la escuela sino también en las calles de la ciudad, donde podías encontrarte con otros niños para tirarte sanamente papelillo, serpentinas y caramelos.

Al día siguiente solíamos irnos de la ciudad con rumbo al mar, a los pueblos de playa donde las fiestas carnestolendas las disfrutamos tanto los niños como los adultos. Y es que de dónde vengo estas fiestas se celebran con mucha agua, desde tobos, baldes y cubos de agua, pasando por globitos llenos de agua y mangueras de jardín, hasta terminar con otras sustancias como huevos y harina para hacerte una gran torta colorida en la cabeza. Así que ¿qué mejor que un lugar cercano al mar para disfrutar con alegría de esta fiesta? Al final ¿qué más da si te empapan? ¡Ya estás en traje de baño! Y del cabello ni te preocupas porque ya lo tienes repleto de sal y arena. Del huevo y la harina tampoco te preocupas porque se quita con el otro cubo de agua que te venga encima y, así, pasas la fiesta con alegría y bailando calypso.

Tengo hermosos recuerdos de días y noches de Carnaval en la playa con mi familia y amigos, quedándonos en carpas para disfrutar de las estrellas.  Pero no todos los años podíamos permitirnos estos viajes, así que también nos tocaron carnavales cerquita de casa, es decir, en casa de la Abuela, igualmente estupendos y fantásticos.

Mi abuelo y abuela vivían con mis tías, aun solteras en aquel tiempo. Una de ellas, la más apasionada por el orden y la limpieza, recuerdo que apartaba alfombras, sofás, cojines, mesas y demás accesorios en un ángulo para que no se mojasen y arruinasen con la tiradera de agua normal de esta festividad.

La casa de la Abuela tenía un pequeño recibidor con una puerta que daba a su cocina. Apenas tocabas el timbre de su casa, ya tu ansia crecía porque no sabías cuando te caería tu balde de agua preparado por los familiares que habían llegado primero que tú a la fiesta. A veces el cubo de agua te tocaba tan solo entrar en su casa, otras veces, recuerdo que esperaban a que te relajases para tirártelo y si querías asegurarte de que no te tocaría ningún tobo con agua, tenías que sentarte en uno de los sofás intocables de la casa de la Abuela, es decir, la zona de pausa y prohibida de disturbios. Allí mi dulce y sabia Abuela tenía la última palabra.

Al final, el Carnaval en casa de la Abuela era (y es) inolvidable, desayunabas, almorzabas, merendabas y cenabas empapado de agua, jugando, bromeando y riendo.

Doy gracias a mi sobrino por mantener esta magia y esa alegría viva, y a sus papis porque lo hacen posible…Les deseo felices fiestas😁

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¿Amigos, conocidos o contactos?

Hace cuatro años le hicieron una entrevista a Warren Buffett donde explicaba que él había aprendido el significado del éxito gracias a una señora que había conocido llamada Bella Eisenberg, una residente de su pueblo Omaha y sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz.

Eisenberg le dijo a Buffett que ella era un poco lenta en hacer amigos porque siempre que conocía gente se preguntaba a sí misma: ¿Me esconderían?

Esta entrevista, que quienes deseen verla completa pueden encontrarla aquí, la vi por primera vez tan solo hace un par de días atrás y me llamó poderosamente la atención sobre todo por los tiempos que corren y por la facilidad con la cual añadimos conocidos a nuestras redes sociales como “amigos”, sin que verdaderamente exista un vínculo afectivo fuerte.

Los amigos, ese fuego sagrado del “almor” del que les hablaba en una entrada anterior y que pueden leer pinchando aquí; esos seres especiales que nos aceptan por lo que somos, que nos aman incondicional, auténtica y desinteresadamente, esos seres que habremos oído decir que “se cuentan con los dedos de una sola mano y cuidado si nos sobran dedos”, son mucho más que compañeros, colegas e incluso, familiares.

Y es así, conocidos o contactos podemos tener muchos, pero amigos pocos. Hasta el antropólogo británico, Robin Dunbar, demostró en 1992 que los seres humanos podemos tener redes sociales estables de alrededor de 148 contactos (cifra que redondeó a 150), señalando que cuando se sobrepasa esa cifra lo que ocurre es que se esfuma la cohesión del grupo lo que lleva al deterioro del mismo independientemente de lo sociable que sea la persona.

Así que no te preocupes si tienes pocos o un solo amigo del alma (un amico del cuore), al contrario, siéntete muy afortunado y una persona exitosa, pues tu respuesta a la pregunta: ¿Me esconderían? será afirmativa.


Amor y amistad, dos sentimientos profundos

Es viernes y hace poco más de una semana que arrancó el mes de febrero y con él los preparativos, pensamientos, expectativas, ansias, cálculos, etc., por tantas cosas y, entre ellas, el día de San Valentín.

Pues sí, falta poco para el 14 de febrero, día en que celebramos en Europa, Estados Unidos, América Latina y hasta tengo entendido que, en China, Japón y Taiwán, lo que se conoce también como el día de los Enamorados o el día del Amor y la Amistad. Hasta Facebook ya se ha encargado de prepararnos y enviarnos un video para que lo compartamos con nuestros contactos (y atención que no digo amigos).

Lo sé, lo sé, es un día un poco controversial. Más de una vez, algunos de nosotros habremos dicho, o al menos, pensado, que es un día solo para fomentar el consumismo compulsivo. Es más, probablemente habremos dicho que no hace falta un día particular para demostrarle a nuestros amigos y pareja cuanto los apreciamos, pues debemos manifestárselo cada día, o al menos, frecuentemente.

Pero si bien todo eso puede ser cierto, particularmente ese día siento que la gente es más amable que de costumbre, que está de mejor humor, que sonríe más de lo habitual, no lo sé, la gente está como más feliz y relajada. Es impresionante, estimulante y contagiosa la energía positiva que se activa ese día.

Y es que es un día especial, es el día del amor o, mejor dicho, es el día para agradecer el “almor”, ese amor  del alma del que habla Ramiro Calle en su obra titulada El arte de la pareja (2009), o sea, el amor incondicional, autentico y desinteresado de las personas que saben aceptarnos y sabemos aceptar, de las personas que, no importando las distancias, ni los malentendidos o desencuentros, siempre están allí (al igual que nosotros para ellos) para brindarnos su compañía, apoyo, afecto, amistad.

Son seres especiales que están en nuestro camino (tal vez ya no físicamente), que nos hacen sentir plenos y vivos; seres que nos enseñan o, junto a quienes descubrimos, el sentido de la vida.

Así que, si tienes alrededor al menos una persona así, eres una persona muy afortunada. Y ¡Enhorabuena! porque tienes mucho que celebrar y por lo cual estar agradecido.

Vamos que si te apetece descubrir más sobre El arte de la pareja (2009) puedes adquirirla aquí